Sartre y sus nauceas matutinas

Aprende a leer para que no te mareen las palabrerías engañosas.

Ensayo reflexivo sobre las nauseas de Sartre y la objetividad de Marcel

La filosofía existencial del siglo XX se presenta, en buena medida, como una reacción honesta —aunque no siempre equilibrada— ante el colapso de los grandes sistemas metafísicos. El sujeto moderno, despojado de certezas heredadas, se encuentra solo frente al hecho desnudo de existir. En este escenario se sitúan Jean-Paul Sartre y Gabriel Marcel: ambos parten de la experiencia concreta del existir, ambos rechazan las abstracciones vacías, pero solo uno de ellos acepta que la experiencia humana no se agota en el absurdo.

1. Sartre y sus nauseas existenciales

El célebre pasaje de La náusea condensa con notable fuerza literaria la tesis central de Sartre: la existencia carece de fundamento, razón o finalidad. Las cosas están ahí, simplemente. No pueden deducirse, no pueden justificarse, no pueden explicarse. Y cuando el sujeto comprende esto —según Sartre— no le queda más que la náusea. ¡Y tiene razón! – si su tésis sería correcta.

Ahora bien, conviene señalar, con un mínimo de ironía filosófica, que Sartre no se limita a describir una experiencia; la convierte en una ontología. La contingencia deja de ser una característica del existir para transformarse en lo absoluto. Todo es gratuito, incluso el propio asco ante la gratuidad. Aquí aparece una tensión que no pasa desapercibida: el rechazo de todo fundamento termina funcionando como un fundamento negativo.

Como recuerda Historia de la filosofía, el existencialismo ateo pretende eliminar la metafísica, pero en la práctica solo la reemplaza por otra, más sombría y menos confesada. Decir que “no hay ninguna razón para que el mundo exista” es, paradójicamente, afirmar algo con pretensión universal y necesaria. La contingencia absoluta se vuelve una especie de necesidad disfrazada.

Además, la reacción de repulsión ante el ser plantea una pregunta incómoda: ¿por qué debería molestar que el mundo sea gratuito, si realmente no se espera nada de él? La náusea solo tiene sentido si existe, en el fondo, una expectativa de sentido frustrada… como les pasa a la mayoría de estos filosofos que, buscando el sentido a sus vidas, terminan rechazando y ridiculizando al Dueño de sus efímeras existencias. En términos bíblicos, el problema no es que el mundo exista, sino que “el hombre no soporta la verdad” (Juan 3:19).

2. Marcel: el misterio de la existencia de Dios

Le philosophe Gabriel Marcel photographié chez lui au milieu de ses livres, à Paris, France le 4 avril 1968. (Photo by Keystone-France/Gamma-Rapho via Getty Images)

Gabriel Marcel ofrece una respuesta radicalmente distinta en El misterio del ser. Para él, el error de Sartre no está en tomarse en serio la experiencia existencial, sino en reducirla a una categoría cerrada. Marcel distingue con claridad entre problema y misterio: el problema se analiza desde fuera; el misterio se vive desde dentro.

El ser no es algo que simplemente “está ahí” como una masa pegajosa, sino una realidad en la que el sujeto está implicado. Especialmente decisiva es la dimensión del Tú. El otro no es un objeto que aparece en mi campo visual, sino una presencia que me interpela. Por eso Marcel afirma que toda injusticia contra el prójimo es, al mismo tiempo, una negación del Dios vivo. No se trata de moralismo, sino de ontología.

Aquí Hirschberger resulta un apoyo esclarecedor: el existencialismo cristiano no niega la angustia, la finitud ni la contingencia, pero rechaza su absolutización. La contingencia no es absurda en sí misma; se vuelve absurda solo cuando se la aísla de toda relación y de toda trascendencia. Dicho de otro modo, el problema no es que el ser no se explique solo, sino que Sartre pretenda que deba hacerlo.

Desde la perspectiva bíblica, esta intuición no resulta extraña. “Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos” (Hch 17:28). El ser no se basta a sí mismo, pero tampoco es un accidente grotesco. Es don recibido, no error ontológico.

La respuesta cristiana —en continuidad con Marcel— no consiste en negar el drama existencial, sino en reconocer que el sentido no se impone como evidencia matemática. El ser es misterio, no absurdo. Dios no aparece como una explicación técnica del mundo, sino como el fundamento personal que se revela en la relación, en la justicia y en la caridad. “El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor” (1 Juan 4:8).

Reflexión

El contraste entre Sartre y Marcel pone de manifiesto que la cuestión decisiva no es la experiencia de la contingencia —que ambos reconocen— sino su interpretación ontológica. Sartre opta por absolutizar la facticidad y convertirla en criterio último del ser. El resultado es una ontología cerrada, donde la existencia aparece como un hecho bruto, sin fundamento ni orientación, y donde toda referencia a la trascendencia es descartada como evasión ilegítima. Sin embargo, esta clausura no logra sostenerse sin incoherencias: al elevar el absurdo a verdad última, lo transforma en una afirmación con pretensión metafísica, contradiciendo su propio rechazo de todo fundamento.

Marcel, en cambio, reconoce el mismo punto de partida existencial —la fragilidad, la finitud, la no autosuficiencia del ser— pero se niega a convertirlo en una conclusión definitiva. Su pensamiento introduce una distinción decisiva entre problema y misterio, que permite preservar la seriedad de la experiencia sin reducirla. El ser no es algo que se explique exhaustivamente ni algo que se declare inútil; es una realidad que se vive, especialmente en la relación con el otro. La contingencia no se niega, pero tampoco se absolutiza: se comprende como apertura.

Desde un punto de vista estrictamente filosófico, la ontología del absurdo resulta insuficiente porque no puede dar razón de la propia protesta que la engendra. La indignación ante la gratuidad del ser, la búsqueda de autenticidad y la exigencia moral presuponen un horizonte de sentido que el absurdo no puede justificar. La filosofía de Marcel, sin resolver el misterio, logra al menos no traicionarlo. Mantiene abierta la pregunta por el ser sin sofocarla ni clausurarla prematuramente.

Dicho esto, debo entender que Sartre no es un enemigo de la fe; es, más bien, un testigo incómodo. Su náusea expresa algo que muchos han sentido, incluso dentro de la tradición cristiana: el escándalo de existir, el peso del mundo, el silencio de Dios. La diferencia es que Sartre decide quedarse allí, declarar definitivo ese silencio y convertirlo en doctrina.

Marcel —y con él la tradición cristiana— no responde negando la experiencia, sino acompañándola. No le dice al hombre angustiado que “todo tiene una explicación” y deja esa explicación a la imaginación del lector, sino que propone que el ser no se reduce a lo que puede explicarse. Que hay misterios que no se resuelven, pero se habitan. Que el otro, el prójimo concreto, no es un estorbo en el absurdo, sino el lugar donde el ser se vuelve significativo.

En ese sentido, la fe cristiana no aparece como un parche metafísico, sino como una confianza razonable: la convicción de que el mundo no es una porquería sin sentido, aunque a veces lo parezca; de que la contingencia no es una burla cósmica, sino el espacio donde el don puede ser recibido; y de que Dios no se impone como evidencia, sino que se deja reconocer en la justicia, en la caridad y en la fidelidad cotidiana.

Quizá, al final, la diferencia entre Sartre y Marcel no sea solo filosófica, sino existencial. Uno mira el mundo y dice: “no debería ser”. El otro responde, con cautela y esperanza: “no se explica del todo, pero vale la pena responderle”. Y en ese diálogo —todavía abierto— el pensamiento cristiano no pretende tener la última palabra, pero sí se niega a aceptar que la última palabra sea el absurdo.

Photo by Michael D Beckwith on Pexels.com


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