Un año nuevo con sueños viejos

Una meditación breve sobre la necesidad de permanecer a pesar del cansancio y la frustración.

5–8 minutos

He tardado en escribir este bloque porque no estaba segura de cómo abrir el año. Quería que el primer post sea algo serio y personal, sin entrar en el cliché de todos. Y un tema específico me sorprendió cuando miraba los deseos de fin de año de la gente, que me siguen apareciendo en las RRSS:

¿Por qué todos hablan como si el 31 de diciembre todos nuestros problemas desaparecieran? Yo me siento cansada, sin frutos y frustrada. ¿Cómo podría hacerme la superpoderosa influencer y salir a hablar hipócritamente de positivismo?

Me puse a orar y entendí que estar cansada es parte de mi humanidad, pero no es algo que deba yo permitir que me defina y mucho menos que decida por mí. Jesús dijo: «venid a mí todos los que están cansados y yo les daré el descanso que tanto necesitan». El ser humano no es un robot; necesita descansar y recuperar sus fuerzas, pero si no acudimos a Cristo, será como cambiarnos las pilas gastadas por otras también usadas.

El cansancio siempre se ha visto como algo negativo. Como una señal de derrota, de falta de fe, de debilidad espiritual o emocional. Pero no necesariamente es algo malo. Estar cansado implica que te has esforzado, que lo has intentado, que has trabajado, que no te rendiste a la primera. Y aunque suene a cliché, eso es lo que cuenta.

Hay una canción del hereje JAR 😂 de cuando todavía no era hereje, que decía: «cansado del camino, sediento de ti…» y sí. Hay gente que se cansa porque no acude a Dios. ·»Sumergemeeeeeee… en el río de tu Espíritu…» todo lo quieren hacer con sus propias fuerzas y luego culpan a Dios (cómo no) cuando fracasan. Pero no hablo de eso. Hablo del cansancio que vine por pasar tormentas y malos ratos, por estar en un naufragio y tener que llegar a la playa nadando para no morir ahogado.

Porque SÍ, SEÑORES. LOS CRISTIANOS TAMBIÉN NOS CANSAMOS, PASAMOS POR SITUACIONES DE ESTRÉS, FRACASAMOS, LLORAMOS, PASAMOS NECESIDADES… pero en todo eso nuestra fe se fortalece por medio de la Presencia de Dios.

Nadie se cansa por no hacer nada. Nadie termina exhausto por haberse quedado al margen. El cansancio es, muchas veces, la huella visible de haber luchado por mantenerse a flote.

Empezar el año cansado, frustrado, sin fuerzas ni demasiada confianza no es un fracaso espiritual. Es, de hecho, lo esperable en alguien que de verdad se esfuerza por seguir adelante. No todos somos privilegiados que pueden darse el lujo de abandonar todo, empezar de cero y reinventarse sin consecuencias. La mayoría no puede. La mayoría debe permanecer. Y permanecer, aunque no se diga demasiado, también es una forma de valentía.

Si hago una retrospección honesta, este último año fue especialmente difícil para mí. Cuando comenzó, tenía literalmente miles de sueños, planes, expectativas, esperanza. Mi trabajo en el turismo no es solo un proyecto personal: de nuestra agencia dependen cosas importantes, incluso el sostén de la iglesia. Y tampoco voy a ser hipócrita negando algo básico: quiero prosperar económicamente. Quiero vivir mejor. Mudarse a un edificio más lindo, tener un coche, poder pagar unas vacaciones fuera del país… después de veintitrés años en Israel, sería simplemente humano desearlo.

Pero el 2025 fue un año casi estéril. En un noventa por ciento. Estéril en lo económico, estéril en lo espiritual, estéril en los resultados visibles. Y sí, estoy cansada. Muy cansada. Y también frustrada.

Eso, sin embargo, no significa que vaya a rendirme.

Las tormentas existen. Siempre existieron. La vida no promete otra cosa. Lo único que se puede hacer es esperar que pasen, evaluar los daños y esforzarse por volver a construir. Y eso también cansa. Cansa mucho. Cansa que cada vez que uno empieza a levantarse aparezca otro golpe fuerte, a veces casi mortal, que vuelve a derribarte. Para algunos, esa dinámica no es una etapa: es la vida entera. La mía ha sido así desde que nací.

Y sin embargo, hay una memoria más profunda que el cansancio que nos advierte y nos anima a no rendirnos, por más difil que se sienta una situación:

“Mas el que persevere hasta el fin, este será salvo” (Mateo 24:13).

No es una frase decorativa. Es una advertencia y una promesa al mismo tiempo. Dios nunca ocultó que habría dificultades, momentos amargos, etapas oscuras. Lo que prometió fue otra cosa: estar presente. Ayudar a levantarse. No evitar la caída, sino acompañar el proceso.

Hubo una vez, en un momento particularmente crítico de mi vida, que encontré un versículo que me marcó para siempre. Dios le habla a Baruc, el escriba y ayudante de Jeremías, y le dice:

“He aquí que yo destruyo lo que edifiqué, y arranco lo que planté, ¿y tú buscas para ti grandes cosas?” (Jeremías 45:4–5).

El mensaje es brutal en su honestidad. No es cruel, es lúcido. Hay momentos en la historia —personal y colectiva— en los que la pregunta no es por el éxito, ni por la prosperidad, ni por el crecimiento, sino por la supervivencia. Agradecer que seguimos vivos. Agradecer que todavía estamos de pie. Agradecer que, aun sin entender, seguimos caminando.

Ahí entendí algo esencial: hay temporadas en las que es más sabio dejar de quejarse y aprender a agradecer. Y escribo este texto por eso. Porque somos expertos en quejarnos. Nos quejamos del cansancio, de la lentitud, de la injusticia de tener que levantarnos una y otra vez mientras otros avanzan, crecen, prosperan aparentemente sin esfuerzo. Pero esos pensamientos, si no se frenan, nos destruyen desde adentro.

La fe no es entenderlo todo. La fe es aprender a vivir confiando en que Dios quiere nuestro bien, aun cuando muchísimas cosas no tienen sentido. Aceptar que hay preguntas que no vamos a responder en esta vida. Que hay procesos que no vamos a comprender mientras los atravesamos.

Søren Kierkegaard escribió que la fe comienza precisamente donde termina la comprensión. Y Fiódor Dostoievski, desde otra vereda, dejó caer una verdad incómoda: el sufrimiento no ennoblece por sí solo, pero revela con crudeza quiénes somos realmente. Ambos entendieron que la existencia no se resuelve con explicaciones, sino con decisiones.

Servimos a un Dios que exige obediencia. No porque disfrute del control, sino porque sabe que una fe sin obras se descompone, se vuelve discurso vacío, se pudre en teoría. “La fe, si no tiene obras, está muerta en sí misma” (Santiago 2:17). Mal que le pese a Lutero y a todos los que quisieron convertir la gracia en una excusa para no trabajar. «Por sus frutos los conoceréis». Pero, ¿tenés idea de todo lo que cuesta que una semilla tenga frutas?

Empezar el año cansada no me invalida. Me sitúa. Me recuerda que sigo acá. Que no abandoné. Que, aunque frustrada, sigo creyendo. Y quizás este no sea el año de avanzar rápido, de crecer como otros, de cosechar lo que aún no maduró. Tal vez sea simplemente el año de permanecer.

Y a veces, permanecer es la forma más silenciosa —y más madura— de la fe.


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